Cómo empezó todo
Comenzó con un mensaje de texto que apenas decía nada.
Estábamos esperando mesa en un restaurante, uno de esos lugares donde das tu nombre y te envían un SMS cuando la mesa está lista. El problema era que ese mensaje era el único vínculo con el local. ¿Cuánto tardarían? ¿Diez minutos? ¿Cuarenta? Ninguna pista. Solo un mensaje escueto y silencio.
Así que hicimos lo que hace todo el mundo: quedarnos allí mirando Instagram, pasando contenido que no nos interesaba y mirando a la puerta cada pocos minutos para ver si nos hacían un gesto para pasar.
Terminamos curioseando las redes sociales del propio restaurante: sus cócteles, sus platos del día, un postre nuevo que acababan de publicar. Cosas en las que probablemente no nos habríamos fijado al sentarnos.
Ese fue el instante clave.
¿Y si el restaurante pudiera poner ese contenido —sus sugerencias, sus bebidas de mayor margen— directamente en la pantalla que ya teníamos en la mano? No mediante un algoritmo social o un boletín que nadie lee, sino allí mismo, en tiempo real, ante un público cautivo.
Eso es exactamente lo que hace Bzz.
